Haccecall | Miguel Álvarez: «Las oportunidades no dependen de ti que lleguen, pero sí de lo que haces cuando llegan»
Miguel Álvarez es un perfil difícil de encasillar. Inversor, estratega empresarial, emprendedor, exdirectivo internacional y, sobre todo, un generalista -dicho por él- que ha construido su carrera a base de curiosidad, riesgo y aprendizaje continuo. Desde sus primeros trabajos vendiendo seguros puerta a puerta hasta dirigir casi mil personas en México, pasando por la creación de restaurantes, la inversión en startups y su papel en el RC Celta, su trayectoria es una mezcla de intuición, disciplina y una capacidad poco común para conectar mundos distintos.
En esta conversación, Miguel repasa su formación, sus fracasos iniciales, el salto a la empresa familiar, la decisión de dejarla, su etapa en México, el descubrimiento del ecosistema emprendedor y la construcción de un modelo propio de inversión y acompañamiento. Una historia larga, intensa y llena de giros que, como él mismo dice, solo se entiende desde un hilo conductor: desarrollar personas y aprender siempre.
Un origen académico no convencional
Nuestro invitado se define como un generalista. Su recorrido académico lo demuestra: estudió en los Jesuitas, pasó por Filología Hispánica, probó Óptica y terminó encontrando en Magisterio la carrera más bonita y, a la vez, más infravalorada que ha cursado. Aquella formación transversal le marcó profundamente. “Siempre he tenido que desarrollar personas”, explica. “Y Magisterio me dio una base que me acompaña hasta hoy”.

Después llegó el famoso curso puente hacia Publicidad y Relaciones Públicas. Contra todo pronóstico -y contra las expectativas de su familia- terminó dos carreras de cinco años. Ese fue el primer punto de inflexión: la constatación de que, cuando se compromete, puede rendir al máximo.
El segundo llegó con un máster en Dirección Comercial y Marketing. Para alguien de barrio, de la calle Fragoso, entrar en una escuela de negocios era casi un salto de clase. Pidió un préstamo para pagar la matrícula y se lanzó. Allí conoció a la que hoy es su mujer y descubrió que el esfuerzo sostenido podía abrirle puertas que nunca había imaginado.
Los primeros golpes: vender puerta a puerta y aprender a base de realidad
Antes de dirigir equipos o invertir en startups, Miguel tocó muchas puertas. Literalmente. Vendió cursos de gestión empresarial, repartió lejías y frutas, trabajó como monitor de campamentos y entrenador de fútbol, y recorrió Moaña edificio por edificio vendiendo seguros de vida y decesos. Aquella experiencia le enseñó a observar, escuchar y entender cómo funciona la calle.

También vivió sus primeros fracasos profesionales. En Chocolates Carmiña, donde llegó como director comercial, no conseguía llegar a fin de mes. En Mejor que Ayer, una empresa de comunicación, realizó un diagnóstico tan duro como acertado: recomendó eliminar la mayoría de productos y clientes. El propietario no lo entendió. La empresa cerró años después. En Vía Láctea Comunicación tampoco encajó.
Miguel lo resume sin adornos: “Soy un empleado malísimo”. No lo dice con orgullo, sino con honestidad. Era contestatario, reivindicativo, incómodo. Y ese choque entre una formación brillante y una realidad laboral que no encajaba fue su primer gran aprendizaje: la universidad no prepara para trabajar.
El primer gran salto: emprender sin saber de hostelería
El giro llegó gracias a un acto de fe. Carlos Mouriño le ofreció la oportunidad de montar un restaurante. Miguel no sabía nada de hostelería, pero aceptó. Ese local se convirtió en su primer gran laboratorio: un espacio donde aprender gestión, operaciones, calidad, procesos y, sobre todo, cómo dirigir un negocio real.
Aquel restaurante fue su “sandbox”, como él lo llama. Lo vendió cuando la crisis empezó a golpear el sector, pero la experiencia marcó el final de su etapa formativa y el inicio de su vida profesional madura.
México: dirigir 80 franquicias y casi mil personas
En 2009, con la crisis golpeando fuerte en España, Miguel y su familia se trasladaron a México. Allí la empresa familiar tenía su origen y le ofrecieron dirigir el área de franquicias, con unos 80 puntos de venta. Pasó de gestionar cuatro restaurantes a gestionar decenas de ellos, y más tarde casi mil personas entre franquicias, expansión, proyectos y mantenimiento.
Aquella etapa fue un máster acelerado en liderazgo, operaciones y estrategia. Abrieron 50 Burger King, trabajaron estrechamente con Estados Unidos y desarrollaron modelos de gestión que aún hoy utiliza. Pero también fue el momento en el que entendió que, aunque el presente era brillante, el largo plazo no era para él. La relación familia‑empresa es compleja, y decidió salir en el mejor momento, cuando todo iba bien.



El descubrimiento del ecosistema emprendedor
México también fue el lugar donde Miguel descubrió Endeavor, una de las mayores aceleradoras del mundo. Llegó allí con una frase: “Quiero ayudar”. Y le dieron proyectos. Primero los más complicados, los que nadie quería. Luego se convirtió en miembro del Consejo Evaluador y del Consejo de Endeavor en Yucatán.
Mentorizó entre 30 y 35 proyectos: logística de última milla, fintech, foodtech, textil… “Lo que más me gustaba era que me dieran el peor proyecto”, recuerda. “El más retador”.
Ese contacto con emprendedores jóvenes, tecnología, innovación y modelos de financiación distintos le abrió un mundo nuevo. Y ahí nació el inversor.
Invertir para aprender: un modelo propio
La primera inversión fue en una empresa de digitalización documental. Luego vinieron más. Pero había un problema: invertir era incompatible con seguir en la empresa familiar. Así que tomó una decisión difícil: salir. Y lo hizo sin red. Todo su patrimonio lo invirtió en startups. “Me quedé pelado”, dice. “Pero tenía claro que era el camino”.

Su modelo es simple: solo invierte si participa. Consejo, mentoring, dirección interina… lo que haga falta. Porque invierte para aprender, no para especular. De las doce startups en las que ha invertido, tres han caído, pero cuatro están muy sanas. Para el sector, es un ratio excelente.
Lo más valioso no ha sido el retorno económico, sino el conocimiento: producto, CRM, customer journey, financiación, escalabilidad, cultura digital… Todo eso lo ha aplicado después en otros proyectos, incluido el RC Celta.
El Celta, una startup con alma de club
Miguel llegó al RC Celta en un momento de cambio, cuando el club buscaba consolidar una estructura más profesional sin perder su esencia. Su incorporación como consejero y responsable de estrategia aportó una mirada distinta: la de quien entiende el fútbol como un proyecto empresarial y emocional al mismo tiempo. Desde el principio tuvo claro que el Celta no era solo un equipo, sino una organización con una fuerza social enorme y un potencial de innovación comparable al de una startup.
Su papel se centró en conectar la gestión deportiva con la visión estratégica del club, introduciendo procesos, metodologías y una cultura de trabajo basada en datos, objetivos y personas. Aplicó muchas de las herramientas que había aprendido en el mundo empresarial -análisis, planificación, liderazgo transversal- y las adaptó al terreno del deporte. “El Celta tiene todos los ingredientes de una startup: talento joven, propósito y una comunidad que lo sostiene”, suele decir. Esa idea se convirtió en el eje de su trabajo.
Durante su etapa como consejero, participó en la definición de proyectos que reforzaron la identidad del club y su proyección internacional. Apostó por una gestión más abierta, por la mejora de la comunicación interna y por una estructura que permitiera crecer sin perder las raíces. Su visión fue clara: combinar el rigor empresarial con la emoción del deporte, profesionalizar sin deshumanizar.
Entre los hitos más destacados está el impulso al fútbol femenino, concebido como un proyecto de crecimiento y de impacto social. En apenas un año, el equipo logró el ascenso y se situó entre los diez primeros en seguidores en España, superando a clubes de categorías superiores. Para Miguel, ese éxito resume la filosofía que ha guiado toda su carrera: aplicar método, visión y cultura de crecimiento a cualquier ámbito, sea empresarial o deportivo.
Hoy, su vínculo con el Celta sigue siendo profundo. Habla del club como de una familia que evoluciona, aprende y se reinventa. “No hay héroes ni villanos; hay personas que empujan hacia adelante”, afirma. Y en esa idea se resume su legado: haber ayudado a transformar al Celta desde dentro, con la misma pasión y mentalidad emprendedora que ha marcado toda su vida profesional.
Una filosofía basada en riesgo, oportunidad y personas
Si algo define a Miguel es su forma de entender el riesgo y las oportunidades. Lo resume en tres ideas:
- Las oportunidades no dependen de ti que lleguen, pero sí de lo que haces cuando llegan. Hay que estar preparado.
- El éxito no viene de las oportunidades, sino de la gestión del riesgo. Arriesgar sí, pero sin cometer locuras.
- Desarrollar personas es el mejor negocio del mundo. Todo lo demás es consecuencia.
Mirando hacia adelante
Hoy, Miguel sigue moviéndose entre proyectos, startups, estrategia y deporte. Sigue aprendiendo, ayudando y conectando mundos. Reconoce que ha tenido suerte, pero también que ha trabajado muchísimo. Y si algo ha aprendido es que la vida profesional no es lineal: es una mezcla de golpes, intuiciones, decisiones difíciles y momentos de claridad.
Lo importante, dice, es no dejar de moverse.
